Introducción
Ser competidor no depende de tu género, tu deporte ni tu genética. Ser competidor es una elección; es una decisión, y se convierte en un estilo de vida.
La competencia pone a prueba y mide a las personas, pero también las ayuda a crecer y a ampliar su visión de lo que es posible. Un verdadero competidor eleva el rendimiento de todos los que lo rodean y toda la cultura de equipo. Cuando un equipo tiene un ejemplo de competitividad, todos pueden trabajar más duro, fijar estándares y, por lo tanto, alcanzar metas más desafiantes.
Si una persona se vuelve más competitiva, mejorará más rápido que quienes no compiten. Los competidores esperan con ganas cada desafío y cada duelo individual en los partidos o en el entrenamiento. No aceptan la mediocridad, se exigen a sí mismos y elevan a los demás a alturas que no creían posibles. La competencia les exige lo mejor que tienen. Aprenden a prepararse para los desafíos y a atacarlos con todo. Los competidores anticipan las grandes sensaciones que llegan con el éxito al convertirlas en su enfoque; disfrutan el camino tanto como el resultado. Disfrutar el camino les permite tener éxito con más frecuencia.
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