1. Elige convertirte en deportista
Como entrenador o como jugador, ¿cuántas veces has escuchado o dicho "él o ella sí que es un buen deportista"? Aquello que premies o reconozcas como ser un deportista será el estándar que tus jóvenes van a cumplir. Con demasiada frecuencia, este comentario se dirige a una persona que tiene un alto nivel de habilidad física, se mueve con fluidez, anota goles o vence a un rival en el marcador. Los entrenadores llaman "deportista" a esta persona mientras pasan por alto su esfuerzo o su actitud por debajo de lo mejor, y al hacerlo se conforman con menos de lo que el joven es capaz de dar y le hacen un daño para toda la vida. Los jóvenes a nuestro cargo estarán a la altura de cualquier estándar que fijemos para ser un deportista (alto o bajo).
Ser deportista es más que tener habilidades físicas y más que resultar mejor que un rival en un día determinado. Esos rasgos son dones que Dios te dio y sobre los que no tienes control. Ser deportista no tiene nada que ver con el género, la edad ni el deporte. Ser deportista (un gran compañero de equipo) implica decisiones que tomas sobre las cosas que sí puedes controlar — el esfuerzo y la actitud — en otras palabras, asuntos de carácter. Decisiones frente a características accidentales. Por favor, no te consideres un "deportista" solo porque fuiste bendecido con algo de habilidad. El talento es algo que se puede desarrollar o desperdiciar — es algo que tienes la suerte de poseer, no algo que te hayas "ganado".
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